¿Guantánamo, Abu Graib?

Con una mi amiga acabo de entrar al banco de aquí a la vuelta,  y qué experiencia espeluznante.

Horas amargas, interminables, tuvimos que soportar a pie firme porque a la espera del par de asientos frente al empleado del banco los usuarios no disponíamos de una mala silla donde posar nuestras dos reales. Que ya nos toque turno, ánimas santas (voy que vuelo para beato).

Y así pasó una hora, y pasaron dos, y yo ya aflojaba esta pierna, ya descansaba la otra y de reojo miraba a la amiga, rostro y escote húmedos de sudor. Caramba, decía entre mí, ¿Ningún gerente del banco tendrá la  necesaria sensibilidad humana como para percatarse de tan fiera situación? ¿Este banco no dispone del dinero suficiente para comprarse 6 sillas de plástico para quienes llevamos horas aguardando al que nos ha de atender? ¿Por qué esta carencia de sillas en un organismo extranjero que con dinero nuestro ha ganado miles de millones? ¿No tendrá para sus clientes, cuando menos para las mujeres, un pobre banquillo, así sea el de los acusados? Humillante.

Mis zancas, acalambradas. Alterada la circulación de la sangre, una de ellas sufría una marabunta de hormigas trepándole rumbo a las alilayas, pero la otra no, esa se me había dormido  y soñaba con el sillón.  De repente, mis valedores…

De repente observé adelante de mí a ese anciano que por fin, luego de  horas de espera lograba instalarse frente al joven empleado de vestimenta impecable, y aquel chorrito de voz humildosa frente al empleado sobrón: “Señor, yo quisiera..” ¡Y el dinero era suyo, del pedigueño!

Observé a mi amiga: su resistencia comenzaba a flaquear. “Vámonos ya”, le propuse. Ya mañana Dios dirá. (Que la aureola de beato sea a mi medida) ¿Dios? Y yo por qué, dirá con la vetusta frase de Fox. Y sí, la amiga y yo nos vinimos, pero sin dinero para la despensa semanal. Con las manos vacías.

– Vacías no; me traje esta propaganda.

Por descansar los pies nos fuimos a Cádiz, donde relaté al maestro nuestra ruda experiencia bancaria. «Lea esa propaganda», me dijo.   En voz alta leí, con clichés y sintaxis bancaria también:

“Estimado(a) cliente: ¡Le damos la mas cordial bienvenida! (A tal servicio de sádicos llaman cordial bienvenida.) “Nuestro principal interés es brindarle el mejor de los servicios con una atención personalizada. Nos sentimos honrados con su preferencia, nuestro compromiso es satisfacer sus necesidades a través de una gran variedad de productos y servicios, con la finalidad de hacerle más sencillas sus actividades financieras. Ponemos a su disposición la mejor tecnología de nuestros sistemas ¡Pusieran media docena de sillas y personal suficiente para los cinco cubículos!) “Tecnología que nos permite estar a la vanguardia y tener clientes satisfechos. ¡Todo el personal de la sucursal lo atenderá con gusto!” (Qué poca madre extranjera.)

– ¿Captan ustedes la moraleja?

– ¿Moraleja?, dije yo. «Pues…»

–  La semejanza con quienes gobiernan este país.

Dijo mi amiga: «Pues…»

– Piensen. Ahorradores y masas sociales somos los dueños del dinero y de México,  nuestra casa común, pero banco y políticos nos tratan como si nos hicieran el favor. Para tenernos domesticados qué propaganda melosa en radio, TV y periódicos, pero no acudamos a exigir derechos u ahorros, porque entonces banquero y político se quitan el antifaz y esto es maltratar a unas masas agachonas y sufridoras que nada han aprendido más allá de renegar y exigir a quienes ni nos ven ni nos oyen. ¿Ya entendieron la moraleja?

(Pues…)

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