Macabrón

Esta vez la canción de cuna, mis valedores, esa azucarada tonadilla, suma y síntesis de amor, ternura y besos que  la madre modula a media voz en tanto se filtra, por la ventana entreabierta, la luna llena. Allá, en los bajíos de la comba tenebra, de repente desflórase aquel silencioso desparramadero de estrellas errantes. La madre, pupilas de luz, formula un deseo por la dicha del molotito de carne que se acaba de dormir. Y a propósito, el cuentecillo infantil…
Erase que se era, allá en tiempos y regiones de los sueños color de rosa, un reino feliz, con un caserío al que cariñosamente nombraban ciudad perdida, en el lacerado corazón del basural. Y ocurrió que una noche, en su Disneylandia de láminas y cartón, dormitaba un querubín: vientre  rebosante de esos bichitos que se crían en tales reinos de encantamiento: amibas, lombrices, salmonela, estafilococos. Poéticos nombres…
He ahí al querube, que lloriquea y se remueve en esa adorable muestra de la artesanía popular: un huacal aguacatero forrado con páginas “sociales”.  En eso, que entra al castillo el rey, y que al llanto del heredero se descarga del negocio que lo trajo de esquina a esquina durante el día: una caja de chicles y tarugaditas de plástico made in China, para luego acercarse a la cuna de tules y gasas de color azul (cachos de periódico):  “¡Cuñá, cuñá!”
– ¿Por qué llora, mi hijo?  ¿Los cólicos, las chinches, la chinche hambre?
– ¡Cuñá, cuñá, cuñá..!, el serafín redobla sus lloros.
– Duérmase, mi niño, que voy a contarle un cuento de cuna. De huacal.
Y ahí, en la noche del mundo feliz, la voz abrojuda tartajea el cuento infantil. “Durante esta administración la inversión extranjera ha sido de casi 80 mil millones de dólares”. ¿No te alegras, ¿mi hijo? Y otra más: “Hemos apoyado a las pequeñas y medianas empresas cuatro veces más que en cualquier otro sexenio”. ¿No  aplaudes?
Y el prodigio del cuento de hadas: el bibelot de viva carne comienza a acallar sus lloros, a amainar el hipo, a entrecerrar los párpados. La voz del rey: “Nuestra economía creció 7.6 %.  Hemos logrado…”
Lástima, que a la alcoba entra la reina del castillo,  en sus manos la ropa recién lavada, roja ajena. “Pero viejo, qué le estás contando a mi criatura. Duérmelo con un cuento dulzón, no con ese macabrón…
– Haiga sido como haiga sido Marianito se durmió, ¿no?
– Pero, viejo, que un cuento de ese tamaño me lo  puede traumar. Si a mí, que soy una adulta, con solo oírlo contar (con una vocecilla que no me puedo sacar de los tímpanos),  me soltó el estómago…
– Se durmió, ¿no?
Sh…lástima: a la voz destemplada del rey, la criatura entreabrió los párpados y “¡cuñá, cuñá!”, con todo el desconsuelo que produce el  testerazo contra la realidad: el hambre, los bichos, el cólico. “¿Ves, mujer, por tus escrúpulos?”
– Pero viejo, comprende que ese cuento es para arrullar mediocres domesticados, no a una criatura como mi bebecito…
– Se había dormido, ¿no? Va el cuento otra vez.
– Atúrdelo, pues. Atarántalo como a cualquier mexicano, y que  Dios nos  perdone.
–  Allá voy. “Nuestra economía se recupera.” “Miles de niños padecen abusos, desnutrición y analfabetismo”.
Y el chillido, el alarido de querube. “¡Viejo, después del cuento de Calderón te seguiste de filo con la realidad nacional.
– Tíznale, pues por qué lo publican en la misma página…
Es noche cerrada en el reino mágico que nombran ciudad perdida, noche lacerada a los alaridos del querubín. Y qué hacer. ¡Calderón, otro cuento, que el angelito no cesa de llorar!  (¡Cuñá..!)

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