Ejercicio senil

Y mis días fueron más ligeros que la lanzadera del tejedor (…) Y si mi buscares de mañana, ya no seré..
Fue en este punto, mis valedores, donde cerré La Biblia, me despedí de Job y ya a oscuras convoqué el sueño, pero el sueño andavete, que el desdichado de la tierra de Hus se me había venido en la mente y desde ahí su protesta contra el Hacedor:
– Cuando estoy acostado digo: ¿cuándo me levantaré? Y mide mi corazón la noche…
Esa, especialmente lamentosa, me llevó al ejercicio de los viejos cuando el insomnio los zangolotea en el camastro: recular a mis años muchachos, los de mi primera juventud (voy en la quinta).  ¿Por  qué tan avieso, por qué así de silencioso el desvelo de aquellos a quienes agobia el áspero ejercicio del diario vivir una vida empedrada?  A mí se me fue media noche en el pensamiento negro, y a lo obsesivo me di a recordar tiempos idos hasta que me enredé en antañones amores, esos entrañables fantasmas que nos fueron inolvidables, y que hemos olvidado para nunca más. Y pensar que pudimos, se duele el poeta…
Tú, la de las garzas pupilas, pregunté en el desvelo, ¿dónde estás, cuál es tu nombre, que grabé en aquel arboluco del parquecillo provinciano? Usted, que conmigo juró los “nunca, nunca”, y los “siempre jamás”, ¿qué rumbos anda pisando? Sombras nada más, y un retrato desleído, un mechón de pelo, una rosa marchita entre dos poemas de amor. Ellas, mis ya olvidadas inolvidables, ¿alguna esta noche  dirá de mí: “el esperpentillo que con su labia logró encampanarme vivirá o habrá muerto a estas horas?” Y el suspirillo, tal vez. Ah, las tristuras de la madrugada, la añoranza de un tiempo que fue el de mi mundo, de mi payo existir, de mis amores tempranos. Temprano me alcé, encendí la luz, encendí el aparato este, y me puse a escribir:
Ahora mismo mi mente corre y recorre paisajes, tiempos, espacios, hasta caer en la niñez y en una adolescencia que viví en aquella ciudad que, a decir del poeta, “no sé si la miré dormido o la soñé despierto”, donde en uno de sus viejos arrabales intenté engancharme en la vejez de un circo trashumante, yo enamorado de las formas regordetas de la rumbera vieja, hipnotizado por los tufos enjaulados y sus viejos domadores,  los trapecistas viejos y los viejos payasos de viejas rutinas, la harina y el pastelazo. La Moira, mis valedores, que me salvó aquella vez, como años más tarde me iba a sacar de mi celda de franciscano tardío, de aspirante a monje capuchino.  Pienso en Maciel, pienso en Onésimo. Más allá del dinero, de salir yo tan astuto y tan falto de escrúpulos, ¿qué recuerdo dejase   en el mundo?
De aquella ciudad recuerdo las funciones de cine en el salón de barriada, con la antañona película del héroe hazañoso: el Raúl de Anda de aquel entonces. ¿Lo recuerda alguno? En oyendo ese nombre aquellos de ustedes que doblan ya  el Cabo de Buena Esperanza conmigo dirán: ¡El Charro Negro! Qué tiempos. “Ahora mi alma está derramada en mí…”
El Charro Negro, el héroe popular todo de negro hasta los pies vestido y la fragorosa 38 especial en la diestra, que a galope tendido del alazán cruzaba de lado a lado la pantalla  arrabalera para rayar el penco en los meros hocicos del hacendado sobrón, el jefe político avorazado y los cuicos que en el clímax de la película queman las chozas de los lugareños mientras el hacendado, su endemoniado corazón convertido en el de uniformado en Cd. Juárez,  intenta la violación de la aldeana con alma de percal. Ah, pero entonces… (Mañana.)

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