Que me la perdonen las beatas del Verbo Encarnado. Que me la persignen, porque tantito más, por un pelo (por un macollo de pelos) hubiese yo caído en la carnosa tentación. Y es que la carne es débil, pero de una fuerza tal que resulta casi irresistible, glorioso contrasentido. Resistí. La crónica:Noche de miércoles. Por callejas del barrio caminaba para bajar el comelitón que me sirve el modelo neoliberal: bueyes, camellos y un burro de este tamaño, miren. Galletas de animalitos, que me pasé por el gaznate chiquiteándome un negro bien caliente y tan fuerte que toda la noche me iba a mantener despierto y remolineándome en la cama (un café, garbanzo de a libra). A lo despreocupado avancé, cuando en eso: ‘Pst, pst…”
Yo, distraído, percibía el silencio de la noche, su desierta soledad, el farolillo mortecino y aquel desgarrado adiós de la locomotora que desgaja y separa amores, destinos, vidas. Alma mía de mi ausente, y ojos que te vieron ir. Pero a ver, un momento: ¿silbato de locomotora? ¿Pues qué, no las malbarató Zedillo a sus patrones gringos? Ah, silbato de carrito camotero. ¿Pues qué, todavía no los malbarata ese que en venta de cochera está rematando todo el equipo de Luz y Fuerza del Centro? Seguí caminando, y aquel discreto eructillo…
«Pst, pst». ¡Ave María! ¿Asalto, atorón, levantón, secuestro? El espanto me chicoteó el coxis, zacatón que soy. Lo apreté, el paso. Lo apreté, el gañote Lo apreté; un apretadero. La saliva, burro a medio digerir, se amargó de bilis. «Pst, pst». Santo Niño de Atocha. Algo más quise apretar, pero ya sólo me restaban los párpados. Y aquella taquicardia ‘Pst, pst.» Pero un momento: ¿un asaltante, un secuestrador, un sardo torturador iban a hacerme: «pst, pst»? No, que ellos, directamente al madrazo, aunque a fin de cuentas el Madrazo fue para él, pregúntenle a la Gonflo. De ganchete miré una cucaracheta que se me había emparejado (rosa, tafiletes fiusha). ¿De la Federal de Seguridad, de García Luna? ¿Pero Genaro en un volks color de rosa? No, que ése ya me hubiese ventoseado la primera ráfaga de AK-47, táctica copiada a los Zetas. Santo Niñito… – Pst, pst Sí, tú, papito.
¡Una mujer! Uno a uno comencé a aflojarlos. De reojo una rápida ojeada: prieta ella, ventruda, peluca azafranada con rayos guindas; postizas de este tamaño (pestañas); rímel que hagan de cuenta contingencia ambiental; ojeras de sombreador en las ojeras de edad, desveladas y depravación; uñas lilas en manos y pies; ligas para el ligue; faja para el faje; mini-mini atacada y atacados chonchones color mamey. Simple ojeada «Papi…»
Va a querer su domingo, pensé. Aceleré el paso. «Ven, trépate, yo no voy a lastimarte, como él». ¿El? ¿A qué «él» se refiere, qué «él» me ha lastimado nunca, heterosexual de mi? Seguí caminando. Ella, serpiente del paraíso: ‘Yo lo que te prometo te cumplo, no como él. (¡A mí ningún «él» me ha prometido nada!) «Este cuerpo de élite todo tuyo, míralo. ¿Te vienes?» Caminé más aprisa ‘Yo sí soy profesional y no fui impuesta ni soy una improvisada que ande regándola, como él». Tragué saliva ‘Ven, que yo sí te voy a cumplir, no como él, que te dejó encuerado y muerto de hambre». Resollé hondo, acopié valor. «Yo no te voy a lastimar como te lastimó el gordo». Dios, aclárale a la señorita que yo soy honesto. En lo que cabe. (Reculo. Aquí no cabe ni un alfiler.) «Yo no te voy a cargar la choricera de impuestos: el IVA al 16 por ciento, el ISR al 30, y que el celular, y que tu depósito bancario, y que puertas, perros y ventanas, López de Santa Anna de pacotilla. Déjateme venir».
Sin mirarla y por desvanecer el equívoco: «Necesitamos aclarar paradas». «Esas son mi especialidad». ‘Prímero: no soy su papá; segundo: no la conozco; tercero, no apruebo su tuteo. Cuarto…» «Ese sí lo pagas tú». «Cuarto, digo: yo nunca he tenido trato con ningún ‘él'».
– ¿Que no? A ver: ¿eres periodista vendido, o nomás comprado, de los que por el módico chayo se ceban en un inicuo linchamiento de electricistas?
– ¡Señorita, me confundió, y eso ya calienta!
– “Lo caliente yo te lo bajo. Anda, que no me he persignado».
Flaca es la carne, después de todo. La mía, cuando menos. Me trepé, toqueteé su carne gorda, sus colinas y valles, sus rincones umbríos, y fue en aquel rincón donde ¡tíznale! «No le saques, papito». «¡Me salió usted varón!» «¿Vas a fijarte en meticulosidades?». Fue a eso a lo que le temí: a las meti-culosidades. Y que pego el brinco y me la pelo, y al sobarme mi rodilla veo que el color de rosita aceleraba, y la señora tentación me mandaba un postrero saludo: brazo extendido y un jalón del antebrazo. Válgame. Vi que el rosita se perdía a lo lejos. (Feo, ¿no?)