Estoy consternado, mis valedores. Un chofer de auto particular ha sido asesinado a balazos por un grupo de elementos de la policía judicial. Yo, mal informado, de la víctima no conozco ni el nombre, que hoy repite México entero Sólo sé que estaba al servicio de alguna de las familias más ricas del país, uno de cuyos miembros, un jovencito, era trasladado por el chofer en el momento en que las fuerzas del orden secuestraron al joven para luego exigir el rescate correspondiente. Al chofer ahí mismo lo asesinaron, y fue entonces…
Espontáneos y unánimes, todos los medios unieron su voz en un retumbo de horror e indignación por la muerte del infortunado chofer, y a lo reiterativo encaran a las autoridades y al unísono reiteran el discurso de los tres catálogos: el gobierno (del D.F.) es malo; el gobierno (del D.F.) debe ser bueno; exijámosle, y esto no sólo por el asesinato del trabajador cuyo nombre repiten a coro los citados medios, sino también, y de paso, exigiendo justicia pronta y expedita para el joven sacrificado por las fuerzas del orden. Trágico.
Y la indignación de las masas; yo entiendo que su reacción de horror y exasperación es espontánea, y que su clamor de forma alguna es el resultado de una perversa manipulación de los medios que hubiese llevado a artesanos y comerciantes, obreros y desempleados, estudiantes y amas de casa, a conmoverse, enfervorizarse y clamar su repudio ante la sangre derramada. La de las masas no fue compasión e indignación inducidas, sino la natural solidaridad de clase, que el sacrificado fue un hombre pobre como lo somos todos, si exceptuamos a quienes se enriquecen con la explotación de los pobres. De ser la del «pueblo» consecuencia de una campaña mediática, imaginen lo que pudiese ocurrir con el voto popular en épocas de elecciones…
Lo único positivo en esta página negra de la biografía del país; que la muerte de un ser humano sirvió para unificar en el dolor, la iracundia impotente y la flagelación colectiva a las clases altas, las clases medias y el pobrerío, y las autoridades prometieran atender casos de muerte violenta no sólo de humildes choferes, como hasta hoy viene sucediendo, sino también de los ricos que caen bajo el flagelo atroz del secuestro, y a quienes las autoridades habían ignorado o fingido ignorar porque no eran choferes, sino simples multimillonarios. En esto se pone en evidencia la parcialidad de una «justicia» burriciega, que se duele por la muerte de un trabajador del volante al servicio de multimillonarios, pero ignora el deceso del joven que lo contrató de chofer…
Y qué edificante comprobar hasta qué grado ciertos ministros del clero católico se estremecieron de horror ante los restos mortales del chofer victimado, y que en templos de El Pedregal celebraron misa tras misa por el eterno descanso de su alma. Cómo no conmoverse, si aun el propio presidente del país asistió a los servicios religiosos, estrechó entre sus brazos a unos familiares desgarrados por el dolor, y de cara a una sociedad justamente indignada prometió garantizar, ahora si, la seguridad pública. Los familiares del trabajador, reconfortados. Edificante…
Todo esto es México, una comunidad que a su hora se ha conmovido hasta en las telas del corazón con la muerte de dos desdichados choferes: este, que ha motivado las condolencias de Calderón, y el sacrificado en el 1983 en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara, Jal., desgracia que aún preocupa a la sociedad mexicana, sin hacer de lado que junto al desdichado chofer fue también victimado un cardenal de la Iglesia Católica, que en su momento y al unísono con toda la jerarquía, se dolió públicamente, protestó y exigió justicia en el caso de los 45 religiosos victimado en Acteal hace once años…
De todas maneras, lástima: la sangre de ambos choferes viene a certificar que la aseveración de Orwel es una soberbia verdad: rodos los hombre somos iguales, pero hay unos más iguales que otros. Los choferes mexicanos, pongamos por caso. Mis valedores: será la edad, serán los problemillas que como gotas de agua horadan el ánimo, pero por estos días, aplastado por el clamoroso llorar de ricos muy ricos y pobres muy pobres ante la muerte de un chofer contratado por multimillonarios, traigo un saborcillo amargo en la boca y un sentimiento total de vergüenza; por mí, responsable del país al igual que otros 106 millones de mexicanos, de que así caigan, por la descomposición colectiva dos mexicanos, el empleado y su empleador. La codicia, en la muerte del rico. En la del chofer, injusticia social, sin más.
En fin. Los muertos a los que masas y autoridades asesinamos por comisión u omisión, en su paz descansen. (Qué más.)