Por si de algo pudiera servirles, compañeros marchantes.
Ocurrió que transitaba yo por los rumbos de Tacubaya cuando en eso el embotellamiento. Ahí, por la avenida, la marcha de protesta: “¡Duro – duro! ¡Exiii..! ¡gimos!” Agrias voces de mujeres, niños, adultos. “¡El pueblo! ¡Unido! ¡Jamás será…!” Un lento desplazamiento por la avenida, y yo, con la urgencia de llegar y meterme al bañito. Necesidad menor. Animas. Pregunté a uno que llevaba en alto su pancarta y él, carbonoso:
– ¿Pues qué no lo está viendo? Marcha de protesta de damnificados de la Ingrid. Venimos a presionar y a llegar a sus últimas consecuencias.
Ah, iracundia magnífico de las masas. La señora del suéter magenta:
– ¡Y eche para allá su cucaracheta, ¿no ve que esta estorbando la protesta? ¡El pueblo… unido! ¡Avancen ésos, no se me cuelguen!
Como avanzar, pura Tula que avanzaban (Tula es mi madre). Intenté recular, pero cómo, si los marchantes todas las salidas me había copado. (Y aquella urgencia.) En eso, de pronto, contra mi tímpano izquierdo, el altoparlante: “¡Damnificados, pero no vencidos! ¡No venimos a pedir! ¡Exiii! ¡gimos! ¡Protestando y avanzando por ái!
Ellos, qué lentitud; yo, qué urgencia. Tensa la voz, a ese que iba pasando: “Oiga, ¿de dónde vienen ustedes a protestar?”
El aludido, el frenón: “Pues qué no esta viendo? Damnificados del pinchurriento huracán”.
– Ay, compadre, dijo el de atrás. Qué repegón le fui a dar, que hasta se nos trabaron, o sea las pancartas. Avise si va a frenarse, digo.
– No es que me agraden sus repegones. Es que el guey este es de Radio Universidad y puede difundirnos la bronca, ¿no, bigotón? Mire: somos paisas en problemas, y eso que nuestras viviendas estaban sólidamente construidas con cartón y lámina acanalada de la mejor calidad. Los tormentones damnificaron no sólo al país, sino también las exigencias de los maestros de la Coordinadora, ¿No, tú, máistro Jiotes?
– Sí pues, pero no pudieron resistir las patadas de mula de la mula avalancha de aguas broncas, o sea.
– ¿Con una marcha calculan conseguir que les atiendan su exigencia?
– Me canso de que nos la atienden, ¿pues qué no ve tamaños machetes en alto? Y aquí el compita Rutilo ya lleva preparada su jeringa.
– Ah, drogadicto.
– ¡Jeringa para desangrarse! ¡Para escribir nuestra justa demanda con hemoglobina de sus propias venas! Y si no hay de otra aquí llevamos el último recurso. (Y se las palpaba, se las toqueteaba. Carnosas, que ni las damnificadas de la señora Alejandra Guzmán.)
– ¡Cómo! ¿Sangre de sus venas? ¿Hasta ese grado piensan llegar?
– ¡Y hasta bajarnos los calzones delante de la dependencia oficial para enseñarle nuestras intenciones. Porque el mexicano, cuando se decide…
Yo, aquella urgencia que crecía de pancarta a pancarta. ¡Mi reino por una nica! Dije: “¿No es frente al palacio de gobierno de Chilpancingo donde deben protestar? Porque aquí, en Tacubaya…”
– ¡Aquí, en Tacubaya, señor! ¡Frente al meteorológico!
– No entiendo. ¿Contra qué, quién o quienes traen su demanda?
– Contra el propio meteorológico, señor. ¿Pues qué, acaso no se atrevió a pronosticar más tormentas en los próximos días? ¿Se le hará poco la tizna de la actuales? ¡Que el meteorológico cambie su pronóstico o se atenga a las consecuencias! ¡El plantón será permanente toda esta semana! A ver, compañeros: ¡Duro, duro! ¡El pueblo – unido – jamáse-ráven-cido!
Mi vejiga, que se dejaba vencer. Intenté salir por la lateral. Sudaba frío, y de repente…
¡E-xi-gi-mos! Ah, México. (Mi país.)