Dije a ustedes ayer, y hoy reitero: recuerdo a la hermana de López Portillo porque me enteré de que por estos días algún particular se quería adueñar de un pedazo del bosque de Chapultepec para allí edificar su residencia. No se lo permitió el gobierno de esta ciudad capital, caso muy distinto al de Margarita, que se quedó con un buen pedazo del bosque al que años después tuvo que retornar el espacio donde había fincado la cancha de tenis o el campo de golf. Algo por el estilo. El suceso de hoy me llevó a recordar a aquella Margarita que conocí en persona. Qué tiempos…
Y así fue. De repente vino el remolino y nos alevantó. De un día para otro se desató el ciclón y experimentamos el vértigo, y yo asistí, azozobrado, a la transfiguración de aquella buena mujercilla (que en todo había sido apenitas) en el símbolo rutilante de un sexenio que fue de alucinación, despilfarro y frivolidad. ¿Se acuerdan, mis valedores, de aquel rebumbio, del bataclán, y el boato, la prepotencia, la ostentación y el brillo postizo de una Margarita que amaneció a ser reina y señora de una corte de los milagros en donde de todo había, menos decoro? Sí, aquella soberana de hojalata y sololoy a la que enloqueció una abyecta adulación, hermana de la ostentación y lo vacío de sustancia, tanto más sonoro cuanto más vacío. Qué tiempos. Qué sexenio de la(s) pompa(s) y circunstancias…
Por que calibremos la falta de decoro y la capacidad de servilismo y bajeza de un Agustín Yáñez novelista que descendió a la tenebra politiquera y al ejercicio del servilismo:
Margarita sin discusión, es albacea patrimonial de la Décima Musa, fabulaciones de aire oriental, que recrean encantamientos de Scherezada; y, muy especial este poemario, Los días de la voz, que fue cautivándome a medida de imágenes, melodías y ritmo». (Mira, mira.)
Y es que a su hora fue objeto de servilismo, adulación y tufaradas de copal, esa que fue reina por un día; por un sexenio, el de un López Portillo, que le dio carta blanca para sus robos y tropelías. De su muerte ocurrida hace seis años muy pocos nos enteramos y nada nos importó. Yo la conocí, la visitaba en su casa de la Colonia del Valle.
Por aquellos años era sólo una tímida gordezuela de medio pelo que a la hora de las confianzas me reveló que se dedicaba a tramar historias que Televisa siempre le rechazó. “Mi sueño dorado es que algún día me acepten una telenovela”. Me reveló su seudónimo: Sibila. “Una diosa, o algo así”. Le expliqué lo referente al personaje mitológico y, porque la vida nos apartaba, la dejé de ver. Cuándo íbamos a imaginarnos, ella y yo mismo, que la Moira estaba por maltratarla tan rudamente.
Mirándola, oyéndola, recordaba yo a la buena mujer, a la honesta mediocre que, con años y achaques a cuestas, trepaba los cuatro tramos de escalera que daban a mi depto. de Cádiz y, resoplando, intentaba resuello para contarme sus planes de una telenovela imposible. (De estos destinos sabía un rato largo mi señor Shakespeare; de las abruptas mudanzas de la fortuna y de los cambios que en el débil perpetran, para perderlo, el poder excesivo y el dinero fácil.) Escribí alguna vez:
«Detrás de la máquina de escribir, esta misma que ahora utilizo, recibía a Margarita, que aún no alcanzaba el rango de doña. Aquí sigo yo, tecleando para comer. Comiendo para luego teclear. Margarita, en cambio, tras de una borrachera sexenal que desangró las arcas de una comunidad pobre y que se apoderó de los dineros de todos…» (Seguiré con el tema.)