Los parques solitarios en que se pasean las desgracias con la cabeza baja -y los sueños se sientan a descansar…
Y qué preñada de sentido, mis valedores, y cuan pesarosa me resultó ayer mismo la voz del poeta Ahí, en la banca de aquel parquesillo de barrio al que llegué por azar, sobre la negrura del ánimo me cayó todo el negror de la noche Gacha la testa y los brazos entre las zancas, me hallé repitiendo entre mí, con el propio poeta:
«Abandonado estoy, sarna de Job». Y trataba de alzarme y dejar atrás semejan mundo melancólico. Y aquel suspirar…
Y cómo no suspirar, y cómo hacerme el ánimo de alejarme para siempre del parquecillo, si aún no se me desbarataba del todo la esperanza postrera. Animas que a la bienquerida la Virgen Luciente le ablande el corazón…
«Ahí en el parque me esperas», me había dicho a media tarde. «Si en una hora no estoy contigo es señal de que todo acabó entre nosotros, y sólo te pido un último favor: olvídame».
¿Olvidarte, mujer? Qué fácil. De repente, en la negrura del mundo, sentí como que un último retazo de esperanza se me iluminaba, pero no, falsa alarma; lo . que me iluminó fue el farolillo, que al encenderse formó aquel charquito de luz. Miré el farol: foco de 30 watts, huérfano de bombillo. Miré, sobre el follaje ceniciento de aquel arboluco, lo que había quedado de la luna de octubre Miré un parque abandonado, todo incuria y abandono, que alguna vez habrá sido el orgullo de una barriada que ha visto pasar sus mejores días. Miré las vías, herrumbrosas, de lo que alguna vez fue el ferrocarril. Y lo que es contemplar el mundo según el estado de ánimo: miré lo que había quedado del país en este sexenio, lo que quedó del sexenio y lo que quedó, más allá de ranchos y haciendas, del padrastro de Manolo Bribiesca sólo restos del naufragio político, moral, cultural y de fama pública; desencanto y descrédito que abarcó a quienes sobreviven atejonados al amor del poder, de Los Pinos y de una cáfila de jueces alcahuetes. Así pasan las glorias de este mundo. Así pasaste tú, sombra fugaz, amantísima sombra. Y aquel suspiro. Ruidosón, alardoso. ¿Mío? ¿Así es mi estilo de suspirar…?
– ¿Lo asusté? Ha de dispensar, pero es que este sufridero…
Y la tufarada de humo que entre los mostachos se filtró pestilente a licor fermentado. Ájale, ¿y éste? ¿De dónde salió, a qué horas? Ahí, a mi lado en la banca, echaba las pupilas a pastar en unos verdes cenicientos de resequedad.
«Aquí, como usted, tristeando. Colegas usted y yo, por la pinta. Jubilados los dos» -y miraba algún punto, a lo lejos.
– Yo no soy ningún jubilado, protesté. Jubilado nunca, jubilado de nada. Y usted mismo parece no haber llegado a la edad requerida. ¿De qué se ha jubilado?
– De la vida, ¿le parece poco…?
Y el nuevo suspiro, que compartí. Alma mía de mi ausente…
Cuando el objeto aquel le brilló en la zurda sentí que mi estómago pegaba la machincuepa ¿Revolver, puñal? Dios, que el jubilado metido a asaltante no me vaya a dejar malherido. Que como torero de prosapia se tire a matar, que en este momento la muerte no me será tan gravosa Tragué una tarascada de lo que quedó del oxígeno en la noble y vial.
Pero no, cuál revolver, cuál puñal: un cuartito de licor. Y el prolongado amamantón. Lo observé de ganchete: Dios, lo que ha quedado de lo que fue un hombre. Como lo que ha quedado de México después de la depredación beata, yunquera y legionaria de Marta y Maciel. Me aprontó el gollete -no Maciel, sino el recién aparecido. El gollete de la botella Rehusé, que conmigo el licor topó en tepetate.
– Lo siento por usted, bato, con lo bocabajeado que se nota Pena de amor desgraciado, ¿verdad? Y a su edad…
Cómo podría adivinar lo de la edad. Lo del amor, más propiamente. ¿Psicólogo? Pero también el pensamiento me adivinaba:
– Todos los amores son desgraciados, y más los batos que los soportan. Pero no, cuál psicólogo. Soy maestro, y de lo más canelón.
Que por testigos ponía testimonios de sus propios discípulos. De una bolsa de la chamarra lo vi sacar aquel rollo de papeles que hagan de cuenta los pellejos de algunos: viejos, ajados, amarillentos. «Lea mi señor. A las damas primero». Y cuando pasé mis niñas por sobre tales papeles: ‘Tero lea en voz alta, metiéndole entonación y fraseo, para que cobre vida y sentido el escrito».
Respiré hondo, carraspeé, y mientras el humo pestilente me chicoteaba boca y nariz… (Mañana)