De algo o alguno que nada dice, mis valedores, ¿qué se puede decir? Por ello mismo, ¿qué comentar de esa mojiganga que el jueves pasado, primero de septiembre, congregó ala clase política en el jacalón de San Lázaro? Todos los gastos del aquelarre, como siempre sucede, corrieron por nuestra cuenta, ¿y todo para qué, para beneficio de quién o de quiénes? ¿Para todos nosotros, el paisanaje? ¿Tal derroche económico nada más para que el tanto de dos horas corridas los del oficio del esperpento y el protagonismo perpetraran aquella monstruosa reiteración del discurso de tres catálogos: el de agravios, el de buenas intenciones y el de la acción? Sí, «el gobierno es malo, malo. El gobierno debe ser bueno, bueno. Exijámosle». ¿Sólo para eso nos hicieron pagar? Y mis valedores:
¿Cómo le vamos a exigir al Sistema? A base de esa estrategia ya ha sido bien ubicada por unas masas que la dominan y practican todos los días; una estrategia que desde los años 50 ha mostrado eficacia y alcances, repercusiones y capacidad de éxito: al gobierno en turno forjarle un excelente plantón, un bloqueo de la vía pública, una gigantesca mega-marchita. ¿Que Fox ni nos ve, ni nos oye, ni nos siente? ¿Y qué con que? Nosotros cumplimos como lo que somos: profesionales de la protesta, de la demanda, de la exigencia. Es México, este país…
El aquelarre que se montó la tarde del jueves fue el triunfo de la más indigesta retórica decimonónica; fue la verbena de las frases hechas, tanto más sonoras cuanto más vacías, como aquella de que la pobreza es el reto mayor del Estado, y que en su combate se decide el futuro de la nación. Y que hemos construido demasiados muros y pocos puentes, pero que el diálogo es el inicio del consenso, y el consenso el inicio del progreso, frases estas que constituyen un digno homenaje a la más barata de las retóricas y la apoteosis del catálogo de buenas intenciones: hay que hacer, se debe hacer, el gobierno debe hacer, deben hacer los otros poderes, hagamos juntos, juntos hagamos, porque lo que antes era privilegio de pocos empieza a ser una conquista de muchos. Y que esa es la base de «nuestra» democracia, y que en «nuestra» democracia hay futuro. Y mientras allá adentro los del discurso retórico se atragantaban con aquello de que la pobreza nos lacera, acá afuera, mientras tanto, el tanque de gas encarecía una vez más. ¿Lo dije antes? Es México.
De ese tamaño vino a ser, mis valedores, la respuesta que daban los del poder a unas masas todavía ayer esperanzadas: el bataclán del cliché, de los lugares comunes, de la retórica pasada de moda; fue la respuesta a unas masas que ya sexenios anteriores aguardaban ávidas el informe, y que hoy, hoy, hoy, ya nada parecen esperar, pero que esperan todavía, porque todavía su esperanza no rebasa la minoría de edad. La respuesta del pasado jueves en nada varió de la que a las masas se le entrega cada primero de septiembre: la trampa verbal, la mina antipersonal, a saber: a demandas concretas, respuestas abstractas. La demanda: «Yo le exijo, señor presidente, un salario mejor. Le requiero que remedie mi calidad de vida y la de mi única y los chamacos, que con usted se ha deteriorado como nunca antes». La respuesta, dicha de tú, a lo confianzudo: «Yo te doy presente y futuro, te doy democracia, te doy libertad, independencia, soberanía, autonomía, autodeterminación. ¿Qué más quieres, quieres más…?»
Pero eso sí: flor y espejo, seña de identidad del presente sexenio, la del pasado jueves fue la consagración de la democracia. Democracia para acá, democracia para allá, democracia que sirve para un barrido como para un fregado, para 106 millones de fregados cada vez más fregados. Que la democracia, se dijo a las masas, es una asignatura que se debe mamar en el pecho materno, cultivar en el aula escolar, ser una segunda naturaleza del mexicano y nuestra manera de ser, de actuar, de existir. Democracia.
«Bueno, sí, pero a ver, un momento: ¿qué carambas viene siendo la democracia que tanto nos mienta Fox? ¿La democracia consiste en ir a votar algunos domingos de nuestra vida? ¿Eso es democracia, una papeleta? ¿Papeleta en mano es democracia en mano? ¿Y cuánto nos cuesta a las masas, en metálico, la ceremonia fetichista de votar? ¿Votar por quién o por quiénes? ¿Por los candidatos de los partidos paraestatales, que es decir votar por los candidatos del Sistema de poder, vale decir por los de las cúpulas clerical, empresarial, gubernamental, castrense, y por los concesionarios de los monopolios de radio y televisión, por los intelectuales orgánicos, inorgánicos, y la cúpula de esos organismos corporativos de control obrero que apodan, renegrido humor, sindicatos? ¿Votar por la súper-estructura, esa enemiga histórica de todo cambio que beneficie a las masas y eleve a los individuos a la… (Mañana.)