¡A la chiflada!

Y pensar que para el 1º. de diciembre faltan diez meses, y que a excepción de El Síquiri y el joven juguero, ninguno del vecindario sabía chiflar. “Pero nosotros”,  dijo don Tintoreto, “no nos vamos a quedar al margen de la historia”. Para lo cual integró en la estancia de mi depto. de Cádiz una verdadera cátedra del bien chiflar para el momento de la despedida.

– Y  a la práctica, contertulios. Para empezar, intentemos un chiflido discretón, de tono menor y modulación cadenciosa.

– ¡Nada de tono menor! El Síquiri-. ¡El mayor de todos, con arpegios, acordes y contrapuntos, balseado y rebalseado! Quezque menor…

– A practicar, pues. Aflójenlos, póngalos flojitos, relajados; labios, lengua, glotis, epiglotis, gañote. ¡Vamos a intentar el chiflido!

Ridículo. Uno la abría y aquél lo frunció, y el Chalío lo paraba, el mostacho, y la tía Conchis los encogía, bizqueaba. Y aquella regazón de saliva. Pero como chiflar, el asunto estaba de la chiflada.

– La lengua así, acanalada. ¿Ven? Canalita, doña Pragedis. ¿Nunca puso la lengua de canalita?

La pobre. Y qué desfiguros de unos labios ancianos que se rizaban al esfuerzo.

– A tomar aire, y desde el diafragma… ¡rápido, el chiflido!

– Aquí la molacha esta que practique para otro lado, ya me roció toda la oreja.

– No desesperarse. Procedan a meterse los dedos. Nomás los índices.

– ¿Que qué? (la Maconda) Oiga, no. Ni aunque fuera nomás el meñiquito. ¿Orgías acabando de cenar? Qué me los voy a meter. Y luego aquí el bigotonzón, que lo tengo enfrente y es tan chismolero. Ya me imagino: mañana mismo sus contlapaches van a enterarse de mi temperamento, mis impulsos escondidos, mis interioridades y lo escandalosa que soy en el momento de…

Metérselos en la boca. Para adentro los índices. “¡Tíznale! –el Cosilión-. Ya me arañé la campanilla, me la antellevé con esta uña”.

Escupió. En la chinela color de rosa de Fela. Yo, dedos en las anginas, de ganchete miraba a la Lichona que, voz de maderas dulces, decía: “Por poco y canto la guácara”.

Al esfuerzo había parado todo: la trompita, el pecho, el trasero, la mía, (mi respiración). Y fue así, mis valedores: una sesión se fue y vino la siguiente, pero todo en falso, porque los vecinos, como chiflar, pura madre que chiflábamos. Don Tintoreto  sudor, cansancio, impaciencia. Anoche, de súbito, a media sesión lo vi detenerse, sentarse en posición de El pensador de Rodín, irse del mundo. Y de súbito, veo que se alza, pega una tarascada de aire, y a toda voz:

– ¡Que viva Calderón!

Silencio, estupefacción. “¡Viva Ratzinger!

Y mis valedores: ahí el milagro. ¿De Ratzinger, de Calderón? Quién pudiese explicar con certeza y claridad los fenómenos paranormales. Lo cierto que de repente: ¡milagro! ¡Todos, menos yo mismo, torpón que no fuera,  pudieron chiflar! Al fragor de la silbatina aquel aullido perros. Se engrifaron los gatos en la azotea. Un aullido a lo lejos. ¿Lobo, coyote? Una tarascada de aire chivero y don Tintoreto:

– “¡Viva la familia presidencial!

¡Relámpago en seco, fuetazo, el chiflido! ¡Prodigio! De La Maconda a doña Pragedis aquellos chicotazos estridentes que rayaban la oscuridad.

– ¡Viva Cordero!

¡Chiflaron, y a la escandalera sirenas, judiciales, el FBI, la DEA. ¿Que qué? ¿Guerrilleros, nosotros? En el ministerio público se aclaró todo. Nos liberaron, pero al conocer la causa de nuestra rechifla y cuando ya nos retirábamos: qué bien chiflan juez, detenidos y policías. Y es que al cabo de turno se le ocurrió gritar: “¡Viva La Cocoa”, y entonces: ¡Fí-fi-fi-fiú-fiúu! (México.)

 

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