Consuelo de los afligidos

Que acabo de visitar un asilo de ancianos, dije a ustedes ayer. El más remoto de todos, el más mortecino, el más lóbrego y segregado del caserío, que en olor de decrepitud agoniza en el extravío de aquella polvorienta  geografía: una finca árida, gris, que envejece al paso cojitranco de sus ancianas criaturas, con sus muros leprosos que arropan aquel almácigo de vejestorios descascarados de la vida que, guardia baja, aguardan el guadañazo final.

Fue la noche de anteayer. Desde media tarde habíame trepado al BMW (al volks cremita, quise decir), y enfilado rumbo al remoto asilo de ancianos, desahuciados de la vida, donde me proponía visitar a alguna de las internas que ahí se acogen a la misericordia de una paz que preludia la pax perpetua.

Era la hora de entre dos luces, cuando la tarde duda y la noche aún no se decide. Me puse a observarlos, a mirarlos deambular, sonámbulos, en aquel retazo de mundo que constituye su postrera ración de este mundo. De un lado a otro ellos y su bordón, los vi errar a lo cojitranco y cimbrarse a toses, y ahogarse a jadeos, y gorgotear a flemas, y abrir de par en par aquellos ojillos atónitos, y derrumbarse en la banca del jardincillo y exigir a bocanadas ávidas su ración de vida. Los viejos. A una de ellas vine a visitar, y la buscaba en aquella ruina de celdas y corredores.

Ya era de noche, que fue de toses y ojeras, del temblor de manos, la extrema resequedad y la humedad excesiva, temblor y humedad que dejan traslucir unos pulmones deshilachados, unas vísceras que se desintegran y unos músculos que llegaron al punto de la claudicación. Ah, ese enfrentar el horror  inacabable de la noche en vela, en insomnio, en pesadillas. Noches de la anciana aquella que en el avieso sueño de los somníferos se remueve en el camastro y repite en sueños: “Mamá, mamá…” Ah, los labios del viejo aquel, su movimiento incesante. ¿Qué intentan decir? Los ojos del otro, fijos en el techo. Fijos tanto tiempo, que alguno le echó una sábana encima…

Buscando a la anciana me cayó encima una noche que fue de los tosijosos bagazos, un ir y venir del camastro al lugar excusado, un manipular de pastillas, cápsulas, unguentos, gotas y comprimidos, y el resuello rasposo, y el desacompasado latir, y el vahído, los sudores, los sofocos, el ahogo. En la almendra de su angustia, Job: “mide mi corazón la noche”, y las primeras luces, que no llegan. Presidiendo su comalada de frutillas que se tuestan, la Enlutada.

¿Mi propósito? Dar a la anciana mi compañía, darle mi  plática, asistirla en algo, mostrarle mi humana solidaridad (no del todo desinteresada, porque pienso muy en el fondo del temor: hoy por ella, mañana por mí, uno nunca sabe.)

Fue así como fui a topármela en el fondo del rincón más apartado del jardincillo. La observé: de espaldas al cuerpo del edificio permanecía inmóvil, silenciosa en sus ropas oscuras, pasadas de moda. Decrépita, sí, pero aún altiva a sus 101 años de edad. “Señora”, le dije. “Vengo a hacerle compañía”.

Silencio. Fuera ya de este mundo, desarraigada de los intereses terrenos y ya un pie en la Gran Interrogante, la anciana siguió contemplando algún punto impreciso de la oscuridad nocturna, a lo lejos.

–  ¿Cómo la trata la vida? Vengo a acompañarla por si de algo le sirve mi compañía.

Se alzó de hombros; siguió en su silencio, su mudez, su ausencia. “¿Ya preparada para el fiestón? Regalos, pastel, mañanitas”.

Me miró. Sañuda. Me sentí ridículo. (La conclusión, en el próximo.)

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