Marta, Fox…

No quisiera más ventura – ni más dicha merecer – que de tu boca a la mía – no cupiera un alfiler…
Observo la foto de hace 10 años. Veo a la pareja trenzada de brazos, sonriendo al mirarse a los ojos, pura mielecita en penca. Miro en sus rostros ese amor senil, y tan joven, que es el  de Fox y su Marta, cuyo matrimonio cumplirá mañana 10 años de edad.
Me gusta hablar del amor; declarar el amor; proclamarlo, gozarlo, sumergirme en él. Fue por ello que cuando Fox se casó con su Marta y vi en las fotos sus bocas unidas, quise alabar cumplidamente al varón. Sin asomo de sarcasmo, sin ironía. “Pero no azozobrarse”, aclaré para evitar suspicacias. No me he vuelto de los intelectuales orgánicos que viven de culimpinarse ante el Poder. Yo nunca. Mi loa sin reticencias, dije, va para ese varón que, según todos los indicios, padece de cierta dolencia en su corazón que de corazón le alabo, dolencia común y tan poco común entre los humanos. Vicente Fox está enamorado hasta el tuétano y vive ese estado de gracia que es el amor. Yo, y por esto ya puedo morir en paz, años y felices días he padecido tal achaque en la carne viva de la viva entraña de cada telilla del corazón. Cómo no entender los desplantes de Fox frente a su amantísima…
Los entiendo y aplaudo: a mí tiempo me falta para proclamar mi amor por la Nallieli amantísima. Por ello alabo al enamorado, pondero a ese amador al que el fervor amoroso le brota en el rostro como esplendorosa erisipela. Por contras…
Pienso, por contras, en esos sórdidos chismes de amoríos clandestinos de tantos de los antecesores de Fox. López Mateos. Carisma, juventud, coche deportivo, buen físico y el prestigio presidencial. ¿Resultado? Un garañón insaciable en cachonderías de entrepierna. Eso sórdido, grotesco, que fueron los amoríos de un adefesio todo dientes y jetas, un Díaz Hordas que a espaldas de doña Guadalupe se refocilaba con los silicones, las cirugías y lo del  todo  postizo,  incluyendo los lunares, de cuanta bataclana accedía a soportar, por amor al billete, que el hocicudo me la dejara toda embijada de sangre fresca (Tlatelolco) donde hubiese puesto las manos: tetas, glúteos, entrepierna y anexas. Grotesco.
¿Que fue alharaquiento el amor de Fox? Compárenlo con los amoríos de un morueco y burro manadero, de un padrillo y garañón que ante familiares y públicos funcionarios se vació en una descabellada compulsión por todo lo que oliera a pompa(s) y circunstancias, ese López Portillo que con su instrumento rojo (el teléfono)  de Los Pinos hizo leonera, y que a familiares y colaboradores se les caiga de vergüenza.  (No cito, porque no me consta, los chismarajos que aluden a De la Madrid.)
Feo, pelón, chaparrín, orejudo  y cascorvo,  tipluda vocezuca de pito de calabaza: como aspirante a las lides de amor, ¿habrá ente más desdichado que él? Pero qué maquillista no será el dinero para una ambiciocilla que a la hora de la intimidad cierre los ojos y las apriete, refiérome a las quijadas. ¿Cuánta estrellita de buen canal (el de las estrellas) no se involucró con el que se decía de Agualeguas?
Frente a tanta indignidad y cachondería de compra-venta y trasputín,  ¿no son admirables las muestras de amor que San Cristóbal cobija a estas horas, 10 años después? Muy cierto, esos amores nos costaron joyas, viajes, tráfico de influencias, cuenta secreta (Vamos, México).  ¿Y los amoríos de los otros qué?
Si Vicente quiere a Marta – y ella es todo su querer – ya la besa, ya la exalta – ya no sabe ni qué hacer.  (Nallieli.)

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